Es una tierra de carácter, de esas que no se pueden describir con colores pastel. Fuerte. Casi salvaje. Y, sin embargo, de una elegancia sorprendente. Sobre todo, pese a su fuerza y energía, es delicada.

Una tierra acariciada por el mar: más de 250 km de costa y dos mares que se encuentran, cada uno con sus propias características y matices. De un celeste claro y luminoso, el tramo jónico de Gallipoli a Santa Maria di Leuca, con sus playas de arena blanca y finísima; de un azul cobalto, la costa adriática, con acantilados vertiginosos que contrastan con el blanco de la piedra. Dos mares distintos. Ambos cristalinos.

Una tierra bendecida por la Naturaleza: calas y cuevas donde encontrar el propio rincón de paraíso, una tierra matérica y viva que da origen a excelencias enogastronómicas aclamadas por su delicada intensidad.

Una tierra bendecida por la Cultura y la riqueza de sus tradiciones: una historia milenaria atestiguada por las pinturas rupestres de las cuevas cercanas a Otranto, que más tarde se transforma en la maravilla del barroco de Lecce, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Un lugar que la tradición cuenta estuvo antaño poblado por tarantados, que hoy reviven en el ritmo hechizante de la pizzica moderna. Un lugar de sabiduría absoluta en la transformación de la arcilla en Arte, con cerámicas de colores intensos. Justo como el Salento.

Porque el Salento es, de verdad, una tierra bendecida por la Belleza, en cada uno de sus matices.

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